viernes, 24 de mayo de 2013

La gaviota



Andaba el niño sin sombra,
subido en los árboles,
buscando víveres,
jugando con las gaviotas,
mareado por su sombra...

Cuando de repente, una gaviota hermosa se puso en una rama cerca suya.
Cada vez que el niño se acercaba,
la gaviota volaba hasta otra rama,
para minutos después, volver a ponerse en una cercana a el.
El niño, se empeñó en atraparla,
ya que la gaviota, a parte de hermosa, tenía una sonrisa con sarna,
pícara, como provocando el juego.
Después de toda la tarde, en la que el niño, se olvidó de la sombra,
agotado, se fue a dormir.

A la mañana siguiente, un ruido seco, despertó al niño de golpe.
A los pies del árbol, se hallaba la gaviota envuelta en sangre.
Aun vivía.
La gaviota lo miraba pidiéndole ayuda, así que el niño sin sombra la metió en su casa.
Le curó y vendó las heridas y la alimentó hasta que se puso bien.
Esos días, todo fueron buenas palabras y sonrisas.
Al cabo de unos días,
por la mañana, en la caja, donde descansaba la gaviota, solo se hallaron las vendas extendidas.
El niño,
miró a su sombra, allí presente como buscando una explicación a la partida de la gaviota.
El la había curado, limpiado y alimentado.
Pero por lo visto,
en cuanto la sangre cicatrizó,
la gaviota voló a otro lugar.

El niño sin sombra, volvió a poner empeño en coserse la sombra,
subir a los árboles,
molestar a las sirenas...y esos pequeños placeres diarios.
Esperando, si algún día, cuando la gaviota volviera a sangrar,
si recurriría de nuevo a sus cuidados,
o ya estuviera demasiado lejos de nunca jamás.

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