martes, 10 de mayo de 2011

Mundos en sueños


Entre papeles arrugados con breves palabras en tinta corrida tirados alrededor de una mesa ,observan dos ojos manchados de el color rojizo de un ayer perdido.
El joven escritor, que de sus palabras no salía el sentir de su corazón, se encontraba colapsado ante tal frustración. Una copa de vino tinto, tabaco de liar esparcido por todo el escritorio y unas cuantas buenas ideas...sin las palabras apropiadas.
Cubriendo su terrible bloqueo mental bajo la luz tenue de una vela, cabizbajo pero atrapado en el sentir de un sentimiento sin palabras.
- Cómo expresar un sentimiento tan humano como complejo? - Se decía para sí.
Escudriñando libros y diccionarios en busca de palabras que no despertaban más que otras palabras, y estas a su vez más palabras.
Un vaso, una cuchara agujereada con un terrón de azúcar sobre ella y aquella botella de absenta a la cual recurría en momentos de bloqueo mental, depositando su extraño manjar cuidadosamente sobre la cuchara. Entre trago y trago un poema sobre su escritorio le recordaba que hacía no mucho tiempo versos mejores había realizado. El sueño le había abandonado, no así el temblor de su mano sobre la pluma regalo de su amigo Baudelaire en aquella época llena de charlas, café y absenta.
Palabras y más palabras sobrevolaban su cabeza, sin orden ni sentido práctico, sentimientos convertidos en emociones, emociones convertidas en los cuervos de la noche mientras daba vueltas en círculo por su escritorio.
La cabeza volvió a reposar en sus manos, su vista volvió al poema del escritorio, sus ojos cayeron agotados entre sus dedos. El poema lo trasportó el mundo de los sueños.



¡Toma este beso en tu frente!
Y, en el momento de abandonarte,
déjame confesarte lo siguiente:
no te equivocas cuando consideras
que mis días han sido un sueño;
y si la esperanza se ha desvanecido
en una noche o en un día,
en una visión o fuera de ella,
¿es por ello menos ida?
Todo lo que vemos o parecemos
no es más que un sueño en un sueño.

Yo permanezco en el rugido
de una ribera atormentada por las olas,
y aprieto en la mano
granos de arena de oro.
¡Qué pocos y cómo se escurren
entre mis dedos al abismo,
mientras lloro, mientras lloro!
¡Oh Dios!, ¿no puedo yo estrecharlos
con más ceñido puño?
¡Oh, Dios!, ¿no puedo salvar
ni uno, de la despiadada ola?
¿Todo lo que vemos o parecemos
no es más que un sueño dentro de un sueño?

Edgar Allan Poe 1849

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