sábado, 16 de abril de 2011

La destrucción de la siesta

Y la bestia descansó,
se tumbó en el prado,
debajo de un árbol,
apoyó su cabeza entre las patas delanteras
y cerró los ojos.

La mañana aún era fresca y solo el sonido de los pájaros rompía tanto silencio.

De tierras lejanas llegaban viejas historias de hombres muertos entre ellos,
de mangueras gigantes que rompían montañas,

de piedras brillantes que al verlas,
los hombres gritaban de alegría.
Prados y montañas destruidas,
árboles centenarios talados,
ríos de agua cristalina
convertidos en ríos negros de codicia.

Y la bestia despertó,
abrió los ojos,
levantó su cabeza de entre las patas,
debajo del árbol,
miró vagamente a su alrededor,
sintió que la brisa aún era fresca
y continuó su camino.
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