martes, 3 de noviembre de 2009

Tideland, el perro y la luna


Paseando en la oscuridad
acompañado únicamente de pequeñas luces
que le abren el camino.
Corre sin mirar el pequeño perro ,
sin preocuparse de la hora,
del guión.
Todo el paseo se ilumina a su huella
todos los colores y las pequeñas cosas
que se encuentra en una calle vacía a los ojos de la luna,
mientras él da giros inesperados en su pequeño paseo nocturno.

Se vislumbra la luna llena,
entre lo alto de los antiguos edificios
el pequeño perro la va siguiendo,
cogiendo cuidadósamente los bordes de las calles
para no perder la belleza de la luna llena de vista.
Pensando mientras pasea en los perdones pasados,
aquellos que ya no duelen,
aquellos que ya acontecieron.
La hora,
esa que pasa y que te cuentan lo importante que es poder atraparla,
tener cosas que hacer para después,
cuando ya la has cogido...
...tener que volver a correr.
Como la joven Jeliza-Rose corre por la llanura sin temor,
sin prisas y despreocupada
en la incredulidad del no hacer.
El pequeño perro sigue su paseo,
sin importarle que pasara ni cuando.
Estos adoquines no son para nosotros
son para la prisa,
esa que cuando se levanta de la cama ya se ha ido.
Ese espíritu de la luna,
esa atracción mental que otorga.
El juego de Jeliza-Rose,
el sueño del pequeño perro...




...pero sin despertar.

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